Las Fuerzas Armadas de Walt
Si te dicen que caí
es que caí.
La Caída, Beatriz
Vignoli
He ido a ver Toy
Story 5. Fue un acontecimiento familiar. Cuatro adultos provocan una regresión
y son de nuevo un padre y una madre de treintis y dos chicos que no pasan los
diez, a pesar de ser unos padres de cincuentis, e hijos que pasan ya las dos
décadas. Empezamos a verlas todos juntos en el cine desde la tercera, acaso la
mejor, en 2010. Las anteriores fueron visionadas en VHS. Disney provoca eso. Pero
creo que es una mezcla entre eso y una tradición que bien puede ser marcada por
Disney como por otro consumo cultural. Cuestión que fuimos. Reinicio.
He
ido a ver Toy Story 5 y he llorado. Para quien no lo sepa, la historia va de
que la nueva dueña de los juguetes, Bonnie, recibe un análogo de IPod, siendo
que ella es más de jugar con juguetes. Se quiere hacer amigas. Entra en un chat
donde están sus amigas de baile, consigue una pijamada, pero el final no es tan
bonito. El aparato tecnológico es el centro del problema, lo que lleva
metonímicamente a pensar a la tecnología como el gran problema. No hace falta,
de todos modos, recurrir a ese desplazamiento crítico para darse cuenta que el
problema en la película es la tecnología, se aclara desde la primera escena. Se
muestran, de noche, las ventanas iluminadas con la luz fría del celular, y luego se enfoca la ventana de la casa de Bonnie,
iluminada con luz cálida. La parte más emotiva es cuando Jessie, la vaquera,
por circunstancias dramáticas, se encuentra en la colina donde jugaba con su
primera dueña a mediados del siglo XX. La escena sucede en un arrebol dorado, terriblemente romántico. Jessie renegaba de que se habían olvidado de ella una
vez más. Hasta que ve en la tierra guardada una launchera metálica. En ella
notaba cosas que no eran de los cincuenta, sino de los noventa: el signo
principal era un cassette. Notó una foto. La tomó entre sus manos: era una mujer colorada, como su antigua dueña, abrazada a una niña. Da vuelta la
foto y dice que estaba dedicada a Jessie. Se anudan los hilos: Jessie no fue
olvidada. Su antigua dueña le había puesto su nombre a su hija.
Realmente
emocionante. A mí las lágrimas no se me caían, se me escapaban. Tenían peso
propio, eran fatales. Todo parecía una escena bellísima de redención, hasta que
en un momento llega la reflexión: para eso servimos, para
estar ahí cuando nos necesiten [los niños], crecen cuando les corresponde. NO.
SE VENIAN QUEJANDO DE QUE LAS PANTALLAS HACIAN CRECER ANTES DE TIEMPO A LOS
NIÑOS, QUE CON 9 AÑOS PARECIAN ADOLESCENTES, QUE SE PERDÍA EL JUGAR, EL
INTERACTUAR, EL IMAGINAR. Y las lágrimas pararon. La película me había perdido:
el capital había hablado por boca del juguete. Sin embargo
he
ido a ver Toy Story 5 y he llorado, a mi pesar. El golpe bajo uno no lo
puede evitar. Y yo he ido a ver Toy
Story 5 cargado de preconceptos anarcocomunistas. Sí, en efecto. Mis preconceptos
son correctos: pertrechamiento del aparato capitalista de contenidos
socialistas, apología y reconciliación con el capital destructor de infancias,
etc. Esas cosas no es que no ocurran porque uno decida ignorarlas. Tampoco es
que ignorándolas, de alguna forma mágica, prevalece de golpe la autoafirmación
del sujeto deseante inmerso en la ficción por sobre la propaganda tecnológica lavada.
No. El golpe bajo asesta. La historia de Jessie cala, se llora. Los nenes ven
triunfar la amistad con juguetes y los padres, quienes detentan el capital económico
en la relación parental, se quedan tranquilos: las máquinas no es que son
malas, perfecto, puedo seguir haciéndole caso a todo mi entorno, que le da
celulares a sus bebes con Bluey para que no molesten mientras hacen teletrabajo
o limpian la casa. Y uno disfruta, mientras tanto, la escena post-créditos. Uno
se ríe, mientras tanto, de los enredos dramáticos de Woody y Buzz. Mientras
tanto, la máquina cultural del capitalismo sigue funcionando. Y sigue
funcionando en mí. Es como plantea el poema de Beatriz Vignoli citado arriba: la
caída es la caída, nadie podrá enseñar “aerodinámica revisionista”, ni están
los que “cayeron venciendo”.
He
ido a ver Toy Story 5, he llorado, caí.
La
Whopper de después también estuvo rica.
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