Estética de las asambleas
¿Por qué me gustan las asambleas? Porque tienen una forma. La asamblea se
presenta de un modo particular el cual permite su reconocimiento. Por lo
general es una ronda. Una formación en la cual las caras de todos son visibles
para todos. Y esto implica una consecuencia trágica. La asamblea le da la
espalda al afuera. Acá creo que se dirime una función formal-ideológica: la
topología ética. La posición del que participa en la asamblea le da la cara a
una cosa y le da la espalda a la otra.
Sobre las asambleas se tiene un sesgo. El movimiento piquetero en Argentina
usó este dispositivo para sostener su lucha. Planteado queda en la canción “Los métodos
piqueteros” de Las manos de Filippi: Corte de ruta y asamblea. Aquel que se
organiza en asamblea es un conspirador contra el régimen capitalista. Deviene en
zurdo, agitador, subversivo.
Se ignora de todos modos que la asamblea está en el lenguaje político
profesional: asamblea legislativa, asamblea constituyente, asamblea
extraordinaria, etc. Entonces debemos pensar que hay dos representaciones
ideológicas del fenómeno: la Asamblea, dedicada a la Alta Política, y la
asamblea.
Entre Asamblea y asamblea hay una diferencia particular: la cantidad. No
existe UNA asamblea, como existe UNA Asamblea, porque el artificio de la
asamblea tiene como fin su proliferación y su iteración. Pero el de la Asamblea
tiene como fin el cierre de un proceso.
La topología ética que propone (la disposición empírica del cuerpo refleja
el accionar político: cerrarse sobre una posición determinada para trabajar en
comunidad sobre ella) incurre en una paradoja: las asambleas (no así las
Asambleas) son siempre abiertas a quien quiera participar de ellas.
¿Qué otras figuras humanas se forman como se forma la asamblea? El fogón y
el aquelarre. Y es quizá porque esas figuras estaban en el imaginario colectivo
que las asambleas tomaron la forma que tomaron en Argentina. A su vez esas
figuras son fuerzas. Fuerzas que existen en una asamblea. Los afectos del fogón
están tanto como los del aquelarre.
¿Cómo son las personas que asisten a una asamblea? A diferencia de la
Asamblea, donde los integrantes pertenecen a un mismo cuerpo (legislativo,
judicial, partidario, etc), los integrantes de la asamblea se singularizan en
su diferencia. Como si la condición de posibilidad de la asistencia a una
asamblea estuviera determinada por el nombre propio. El elemento pre-existente
es externo (una situación en el entorno, un objetivo a lograr, etc.) mientras
que en la Asamblea lo que iguala está en la misma presentación del integrante.
En la asamblea el sujeto se borra, se funde. De manera contradictoria, aquello
que permite estar en una asamblea, el nombre propio, es lo primero que desaparece,
aún si uno toma la palabra y enuncia su nombre.
En la asamblea hay comunión alrededor de un fuego simbólico, un fuego que
viene a ser una pulsión de cambio, pero también existen los hechizos y conjuros
metidos en la caldera provenientes del saber específico de las brujas de la
asamblea. La asamblea tiene un centro gravitatorio simbólico, que es a la vez
la caldera donde se vierten partes de sí, y el fogón, que alimenta a los
presentes.
Algunos tópicos de la asamblea:
-
La lista de oradores: es una serie de nombres para ver quién
va a tomar la palabra. Sin embargo, esta lista tiene un efecto paradójico, y es
que se instaura como una ley destinada a ser violada, pues muchas veces la
oralidad gana al orden y la discusión se empieza a tornar más desorganizada.
Pero igualmente, es una ley que existe como referencia. Así la asamblea es una
metonimia de la sociedad civil gobernada por las las normas, en las que la Ley
aparece como referencia más que como dogma.
-
El conflicto: Por más que aportan a la misma caldera y son
nutridos por el mismo fuego, no faltan los chispazos entre personas. El
conflicto puede adoptar la forma de la chicana o el diálogo. Cuando es chicana,
la chicana puede ser respondida o ignorada. Si es respondida, la asamblea se
teatraliza. Las personas en conflicto se comprometen a dar un espectáculo.
Pueden estar muy comprometidos con su decir polémico, pero en tanto
perteneciente a una forma estética,g activan un rol igualmente estético: la
asamblea deviene coliseo.
-
El cuchicheo: es un espacio de dialogo entre participantes
próximos. Mientras habla alguien de la lista de oradores o se ingresa en un
período de anomia discursiva antes de regresar a la Ley, dos o tres personas,
grupos reducidos, cuchichean. Y es en el cuchicheo donde se establece un
verdadero efecto de la asamblea. Hay, de pronto, una verdad que pretende
aflorar. Un sujeto se ve tocado por el lenguaje y activa el mecanismo del
pensamiento que solo puede desenvolverse en discurso. Entonces va y cuchichea. Allí,
cuchicheando, se promueve la síntesis, el hallazgo, el aforismo, la idea
desnuda para que no ocupe más tiempo.
El lugar en que se desenvuelve una asamblea es de lo más errático, a
diferencia (sustancial) de la Asamblea. Es quizá, aunque no lo parezca, su
aspecto más subversivo. Aunque cuando arranca un proceso asambleario se asienta
en un lugar y ahí sigue, la primera asamblea es disruptiva, emerge, posee una
falsa espontaneidad que obliga al sujeto adherente a la asamblea a salirse de
un espacio cotidiano, alistarse, prepararse para una aventura. La primera
asamblea es siempre una aventura. Desde que te enteras en el mismo día o días antes, hasta que te alejas al cierre
de la reunion. Pero para el no adherente, la asamblea resulta en un peligro.
Así de súbita se le presenta al asambleísta, así de súbita se le presenta al
no-asambleísta.
Conviene establecer una tipología de los sujetos participantes. Partiremos
de la topología ética basada en el binomio adentro/afuera.
Sobre los individuos adentro:
Asambleísta full-time: por lo general un cabecilla en la asamblea, que
siempre está presente, manda a empezar la lista de oradores, cara visible de la
misma. Sin embargo, los hay también asambleístas full-time que no hablan pero
que su presencia es vital, casi más importante que la del cabecilla, porque la
asamblea no se juega en una disposición de voces como de cuerpos en presencia. Y
siempre son más los que no hablan que los que hablan.
Asambleísta part-time: Yo, por ejemplo. Para la asamblea se requiere
ejercicio. Alguien no iniciado puede asustarse con la dinámica. Parte del
ejercicio implica la frecuencia, el adaptar el cuerpo para desear una asamblea.
Hay veces que he preferido hacer otras cosas antes que la asamblea y eso es
porque el ejercicio no ha calado lo suficiente como para perpetuar un deseo.
Los asambleístas full-time, antes que seres comprometidos, son seres deseantes
de asamblea, de organización desde abajo, de discusión, de respuestas
autogestionadas.
Asambleísta ocasional: El asambleísta ocasional es muy diverso. Va desde
alguien muy comprometido con la causa cuya asistencia se ve imposibilitada por
sus condiciones materiales de existencia, hasta el amigo facho del asambleísta
part o full-time que va a ver qué onda y jamás vuelve. De asambleístas
ocasionales se llenan las asambleas autoconvocadas por hechos concretos (véase
la asamblea LGBTIQNB+ antirracista antifascista del año 2025 de Rosario, una plazoleta
repleta de gente autoconvocada). Los que llevan adelante los procesos
asamblearios son los part y full time. El asambleísta ocasional no tiene deseo
de asamblea como forma sino asamblea como medio.
Sobre los individuos afuera:
El asambleísta ocasional: pasa más tiempo afuera que adentro por lo que lo
convierte en un sujeto híbrido. No es fascista porque comparte todas las causas
a las que es cara la asamblea pero no termina de integrarla.
El comprometido no-asambleísta: nunca asiste, sería el caso extremo del
asambleísta ocasional. Condiciones materiales de vida muy ajustadas.
El anti-asambleísta: Es el que pasa por el frente de la asamblea y frunce
la cara del asco. Son los que portan el discurso de la asamblea análoga a un
movimiento destructor del falso pacto social imperante. Ven en ella una
profunda inutilidad pero que es en realidad la máscara para ocultar el profundo
miedo a un estallido social. Dicen ellos que las asambleas y marchas son
convocadas por vagos, gente que no quiere trabajar, agitadores. Ignorando que
todas estas premisas son falsas, que la mayoría son laburantes o jubilados, lo
cierto es que todos esos motes funcionan a modo de bloques de muro. Un discurso
que funciona como pared empírica (hacer que el estigma tenga una cadena de
sonidos articulados aleja a lo estigmatizado) para protegerse de un avance bárbaro sobre las comodidades de
la vida no comprometida con lo político.
Deseo: en una asamblea se reúnen las ideas de Lacan/Freud y Deleuze. En la
asamblea, el deseo de los participantes es tanto falta como producción. El
mundo se crea ante condiciones materiales hostiles. Es lo bello de la
organización horizontal. El principal capital con el que cuentan los
asambleístas es el deseo: todos comparten una carencia y una potencia, el fogón
y la caldera respectivamente. Y es por eso por lo que me gusta asistir a
asambleas
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